2010-09-23•Al Frente

Luego de que un experimento realizado por una pequeña universidad de Estados Unidos (de América) determinara que las llamadas “redes sociales” son una cosa estresante (ciertos comentarios de la nota periodística son casi cómicos: de una tipa, que se pasa algo así como 21 horas al día hipnotizada por las páginas de Facebook, dicen que “probablemente” tenga una “adicción”, o algo así; ya quisiera yo ver tanto circunloquio si hablaran de un sujeto que estuviera trincando cervezas a lo largo de toda la jornada, sin apenas dormir, como la mujer esa) y que, luego de los ocho días que duró el estudio, los sujetos examinados recobraran cierto porcentaje de su presunta condición humana (por ejemplo, comenzaron a frecuentar a gente de carne y hueso, sin intermediarios electrónicos), confirmo yo que mi prácticamente nula visita a los “sitios” y las “páginas” no es una manifestación de una disfuncionalidad mía, ni tampoco prueba de un extravío generacional, sino una muestra de jubilosa y saludable independencia.

¿Qué ventaja tiene estar al tanto de lo que hace, dice, piensa y opina toda esa gente que, encima, nunca vas a frecuentar en circunstancias amables —en un café, digamos, o en un bar para departir bajo el civilizador influjo de un whisky, un fino, un oporto o un tequila blanco de necesidad—, sino que detectarás en una simple pantalla y con la cual no tendrás jamás la experiencia del contacto directo? ¿Alguien ha propuesto, acaso, que los paseos por el bosque o las salidas al parque sean sustituidos por la visita a alguna página de la internet? ¿No es bonito estar en la playa, con las patas remojándose de veras en agua de mar certificada y comprobadamente real, en vez de mirar imágenes en la pantalla de la PC, por más espectaculares que puedan ser?

Vivimos, paradójicamente, en la sociedad del aislamiento a la vez que aspiramos a construir un mundo de comunicación universal. Salgo corriendo a tomarme un café con un amigo tan físicamente real como la lengua con la que (todavía) puedo hablar.